domingo, marzo 07, 2010

REVIEW: EL HOMBRE LOBO




Más vale tarde que nunca, reza el refrán. Y al igual que un servidor se ha retrasado dos semanillas, Universal ha estrenado finalmente El Hombre Lobo tras hacernos esperar más de un año desde que se anunció la primera fecha de salida.


Como todos sabemos, el director Joe Johnston (Jumanji, Parque Jurásico 3) sustituyó a Mark Romanek tras las cámaras, por lo que había muchas dudas sobre el resultado final del proyecto. ¿Habrán sido capaces de producir la película de licántropos definitiva o por el contrario merecerá un balazo de plata a quemarropa?


La respuesta, en nuestra Review.


Como siempre ha pasado en el cine y otros medios, parece que cierto tipo de historias vuelven de una manera cíclica, como si tras haber sido aborrecidas por el público, volviera a haber una demanda por éste años más tarde. Hoy en día, parece que debido a la explosión de cierto tipo de fenómeno literario (ya sabéis de cuál saga “adolescentoide” os hablo), los vampiros han vuelto de sus sarcófagos para atraer a la gente en masa a las grandes salas. Pero de forma paralela, la Universal decidió que mientras que los demás estudios escogían ir a rebufo de crepúsculos y similares creando historias mainstream sobre chupasangres, ellos iban a resucitar a otro de sus famosos clásicos de una forma más adulta. Es así como surgió la idea de traer de nuevo a nuestras pantallas la leyenda del hombre lobo, basándose levemente en el espíritu del clásico del año 41.


Hay que decir, que aparte de dicho clásico, dirigido por George Waggner, no ha habido nunca una película sobre hombres lobo que haya destacado en el plantel cinematográfico como una gran película. Desde luego, hay ciertas obras de culto como Un Hombre Lobo americano en Londres de John Landis, Dog Soldiers de Neil Marshall o la bizarrada de Teen Wolf protagonizada por Michael J. Fox; pero nunca una película sobre la licantropía ha permanecido en el subconsciente popular debido a que desde la original de la Universal no se ha abarcado esta figura mitológica como algo serio y trágico.


Y aquí es donde los guionistas Andrew Kevin Walker y David Self, en conjunto con el director y los productores, tenían un gran reto que abordar: crear no sólo un hombre lobo creíble en su debido contexto, sino que también requería de un sentido característico que lo hiciera destacar por encima de la idea típica que tenemos de esta figura para igualarse con los monstruos más inmortales que son Drácula y el ser creado por Frankenstein.


Es por eso, que cuando uno ve la nueva versión estrenada, no deja de pensar en que efectivamente, los creadores han decidido una aproximación parecida a la que Coppola y Kenneth Brannagh llevaron a cabo en su día con sus Drácula de Bram Stoker y Frankenstein de Mary Shelley. Adios a los contextos contemporáneos, los temas actuales y la estilización extrema de las criaturas; y hola de nuevo al ambiente de época, las tragedias griegas y el tono más propio de las historias góticas decimonónicas.


En esta nueva iteración del hombre lobo, tenemos a Lawrence Talbot (interpretado por Benicio Del Toro), un actor que se gana la vida en las Américas que se entera de la noticia de que su hermano ha sido brutalmente asesinado, por lo que tiene que volver a la vieja casa de la familia para reencontrarse con su padre (Anthony Hopkins). Una vez llega al pequeño pueblo de Blackmoor, en Inglaterra, Talbot comienza una investigación por su cuenta para descubrir quién o qué fue lo que mató a su hermano, a la vez que intenta sobrellevar los antiguos demonios que despiertan en su interior por el hecho de volver a casa. Como no podía ser de otra forma, Talbot mete la nariz donde no debe y acaba teniendo un encontronazo con un licántropo que le muerde, de forma que él mismo se convierte en el objetivo de los pueblerinos y la autoridad que también investigaba el caso de su hermano.


Con esta premisa tan sencilla y tan conocida, Johnston y su equipo ponen en juego todos los elementos clásicos que todos los conocedores y profanos del personaje están esperando ver. En el lado técnico, la realización y el diseño de producción brillan fantásticamente, sumergiéndonos en un mundo oscuro y pestilente muy propio del género gótico y que tan buenos resultados da a la hora de crear un mundo en el que el hombre lobo se sienta cómodo. Las maldiciones gitanas, la superstición y la antítesis religión-ciencia están siempre presentes en el film, de forma que es muy agradecido el que se hayan decantado finalmente por una pieza de época. Al mismo tiempo, el reparto escogido también resulta enriquecedor, sobre todo al contar con figuras como Hopkins, Del Toro o Hugo Weaving, que realmente se integran a la perfección en el tono del film.


Así pues, queda patente que El Hombre Lobo cuenta con los elementos básicos y necesarios que uno esperaría encontrase en esta película. Pero el problema no es ése, las pegas que se van encontrando a lo largo del film no tienen que ver con su plano estético o técnico; el mayor inconveniente del film viene dado por la falta de tiempo necesario para narrar convenientemente la historia y así preocuparnos por sus personajes. Parece que los productores hubieran obligado a Johnston a cortar la cinta por lo sano para que vayamos siempre al grano, escena de acción tras escena de acción, para que al público no le dé tiempo a aburrirse. Y como pasa demasiado a menudo últimamente, esto nos puede dejar entretenidos en un primer visionado, pero pronto tenderemos a pensar en los agujeros de guión que pululan por la trama, así como la insatisfacción al ver cómo se desenvuelven cada uno de los personajes, con los que no hemos tenido tiempo de establecer ninguna relación íntima.


Esto es sin duda el mayor error de El Hombre Lobo, ya que en el plano emocional es incapaz de hacernos cómplices de la historia. Y lo triste es que hay elementos implícitos que resultan muy interesantes, como la relación paterno-filial que llevan los personajes de Del Toro y Hopkins, el cómo se nos muestra la oposición entre la frialdad de la época y la pasionalidad del licántropo, la representación del maltrato familiar o el cómo la sociedad es capaz de hacer ver a los supuestos “locos” lo que ellos quieren que vean. Pero los aparentes recortes que se han llevado a cabo en el metraje de la película hacen que estos temas resulten más anecdóticos que otra cosa, por lo que al final resultan demasiado diluidos.


Otros aspectos ciertamente decepcionantes se sitúan de forma paralela al guión: el maquillaje de Rick Baker y la banda sonora de Danny Elfman. Ambos autores, artistas y genios en sus respectivos campos, parecen haberse quedado atrasados en este film. Cualquiera podría argumentar que se sumaron al proyecto cuando éste estaba avanzado y no tuvieron mucho tiempo de plasmar lo que tenían en mente, lo que ha afectado claramente al resultado final. Pero esto es sólo cierto en el caso de Elfman, que si bien su composición no es tan atroz como lo que viene haciendo últimamente James Horner, nunca resulta evocadora y “homenajea” a veces demasiado claramente la música compuesta para el Drácula de Coppola. A su favor habría que decir que por lo menos el tono es el adecuado para la película, y alguna que otra vez consigue transmitirnos ese sentimiento tenebroso que acompaña al relato.


Del que no puedo destacar tanto su aspecto positivo es de Rick Baker, galardonado maquillador creador de los increíbles (o más bien “supercreíbles”) efectos de películas como Men in Black o El Planeta de los Simios de Burton, y que tan efectivos resultan incluso vistos hoy en día. El problema es que tras su buen hacer en Un Hombre Lobo Americano en Londres, en la que su imagen más icónica es la transformación del protagonista, se empeñó en seguir utilizando efectos especiales prácticos para dar vida al hombre lobo del film. El resultado, si bien resulta en ocasiones una revisión fresca del aspecto que todos recordamos creado por Jack Pierce, la mayoría de las veces es demasiado estático y acartonado como para hacernos creer que se trata de un ser que respira. La mandíbula y su aspecto casi como de peluche es lo primero que llama la atención, y acaba siendo lo menos creíble, pero además echa para atrás cuando se le ve en escenas de acción de cuerpo entero. Mientras que muchos alzaron la voz en el momento de conocerse que Joe Johnston prefería los gráficos creados por ordenador en determinados momentos (sobre todo en la transformación), personalmente creo que son las secciones que hacen más impactante al personaje. Por el contrario, Baker falla al hacer una caracterización original y suficientemente dinámica como para que la criatura nos fascine, y ese es quizás el fallo más grande que uno se puede encontrar a la hora de ir a ver una película sobre un monstruo en concreto. En mi humilde opinión, aún está por aparecer el hombre lobo definitivo que sea capaz de desbancar al bestial pero romántico retrato del personaje que aparece en Van Helsing de Sommers.


Aún con todo, El Hombre Lobo me parece una película bastante disfrutable, con los ingredientes justos de las viejas historias de terror del siglo XIX e incluso con alusiones a tragedias griegas. Pero aunque la superficie está excepcionalmente recreada, el fondo falla por ser ejecutada de forma pobre, cosa que hace que a pesar de que los actores sean de lo mejorcito que nos podemos encontrar en Hollywood actualmente, sus personajes sufran por acabar siendo poco atractivos. La falta de profundidad es algo evidente, cosa que no molestará a aquellos que busquen un entretenimiento palomitero sin pretensiones, pero que decepcionará a muchos amantes del género de terror.

Falta por comprobar la futura edición extendida en DVD que, según promete Johnston, contendrá más de 17 minutos que se extirparon del film por problemas de ritmo. Sí soluciona los problemas de exposición que adolece la película, quizás nos encontremos con la película que todos habíamos esperado desde el principio (y así ganarse un Pulpillo más), pero de momento nos queda conformarnos con lo que hay en las salas. De esta forma, se podría decir que El Hombre Lobo es quizás de las mejores películas que se han hecho sobre el personaje, pero eso, aún a día de hoy, es poca cosa.



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